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El Problema de Venezuela No Es el Petróleo

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Muchos recuerdan las palabras del Premio Nobel Paul Samuelson, quien dijo en el mundo hay cuatro tipos de países: los que crecen, los que no crecen, la Argentina y Japón. La Argentina es un

país que con muchos recursos no ha encontrado la senda del desarrollo. Japón es un país que aún con escasos recursos logró alcanzar la senda del desarrollo. Venezuela se parece a la Argentina en este sentido: tiene enormes recursos y sin embargo, el desarrollo le ha sido esquivo. La gran pregunta es qué lugar debería tener el petróleo en el nuevo modelo post-chavista que se avecina.

El nivel de populismo al que ha llegado el país en las últimas décadas ha socavado las instituciones y, con ello, los incentivos al trabajo, la industria y el desarrollo. Venezuela se sumerge en una escasez de productos básicos sin precedentes, mientras la inflación se acelera por encima del 100% anual y con ello se incrementan los niveles de pobreza. La esquizofrenia y las limitaciones con las que conviven los venezolanos son innecesarias, pero es la consecuencia lógica de un modelo que atenta contra la libertad individual y la propiedad privada, y con ello destruye el proceso de mercado y la formación de capital.

Sin embargo, no es el petróleo ni la abundancia de recursos el problema económico y político venezolano. Hay países con petróleo que han logrado conseguir el camino al desarrollo, como Noruega, que creó una ley para que la renta petrolera se invierta mayoritariamente fuera del país, logrando con ello aislar a su estructura productiva del populismo y los incentivos perversos. Más precisamente, el 96% de las ganancias e intereses se reinvierten fuera del país (para que no puedan ser utilizados políticamente) y el 4% se puede girar al Tesoro para financiar gasto público.

El problema de Venezuela está más bien en la estatolatría, esa cultura anti-capitalista que conduce a los venezolanos a descreer de sí mismos y delegar en el Estado la solución a todos sus problemas. El Estado, especialmente en las últimas décadas, ha reemplazado a la Iglesia. La gente ya no pide a Dios por trabajo, alimento, ropa, un techo o salud, sino que redirige sus peticiones al gobierno de turno.

Chávez y Maduro se convierten entonces en ídolos a los que hay que adorar, especialmente en el auge del ciclo económico. Chávez no llegó a sufrir las consecuencias de sus propias políticas, y entonces el ídolo perdurará en el tiempo. Maduro, en cambio, ya sufre aquel modelo que él mismo ha continuado, y el ídolo se desvanece sumando ya un 79% de rechazo en las encuestas. La figura de Maduro, “el hijo de Chávez”, cae en picada junto con la debacle de un socialismo imposible.

Pero persiste un problema: la inmadurez de las masas, representada en aquellos hombres y mujeres que abandonan su creatividad natural, y en lugar de “emprender”, esperan pasivos por una solución externa que nunca llega.

Esa pasividad es fomentada por los propios gobiernos, esos ídolos de turno, que saben que sólo mediante la “infantilización” de las masas pueden mantenerse en el poder y multiplicarlo. Los gobiernos han logrado distraer la atención acerca de las verdaderas causas de nuestros problemas. Se culpa al capitalismo, al ánimo de lucro, al mercado, a los empresarios, a la propiedad privada, por los problemas que el mismo Dios Estado causa, incluyendo la división de los pueblos y el conflicto permanente.

Los intelectuales han fracasado en comprender la naturaleza de este problema. Abunda bibliografía que sólo ve la superficie de los problemas, pero muy poca atiende a lo esencial. Aun la Iglesia, o en los últimos meses el Papa Francisco, fracasa en comprender que la pérdida de fe en Dios, se ha canalizado al Dios Estado, quien promete ofrecer en la tierra los recursos que Dios sólo ofrecerá en la vida eterna.

En la medida que el pueblo venezolano abrace la estatolatría habrá millones de Chávez o Maduro dispuestos a ocupar la Presidencia, practicar políticas populistas y condenar a Venezuela a la escasez, el hambre y la pobreza. Sólo abandonando esta “filosofía” pueden tomarse medidas adecuadas para administrar de manera eficiente el petróleo y la escasez. Sugiero que recuperemos la fe en nosotros mismos, en nuestra creatividad empresarial, y confiemos menos en la “omnisciencia” y las “buenas intenciones” de nuestros gobernantes.

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Acerca Adrián Ravier

Adrián Ravier

Argentino. Doctor en Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos, España y Profesor Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín, Guatemala.

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