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El Famoso Cliché de Educación Gratuita y de Calidad

La gratuidad en la educación es un tema que se viene escuchando fuerte hace mucho tiempo. El año 2011 cuando el movimiento estudiantil tomó fuerza e importancia, se empezaron a escuchar los primeros bosquejos sobre la gratuidad universitaria, del cómo se haría y a quiénes beneficiaría.

Hoy, en el año 2016, estas peticiones tomaron rumbo, en el programa de gobierno de la presidenta Michelle Bachelet (2014) hay un punto en educación que es la “Gratuidad Universal”, sin duda un imponente título para un programa de gobierno.

Recientemente Andrés Benítez, ingeniero comercial y actual rector de la universidad Adolfo Ibáñez, postuló dos puntos muy importantes en su columna “Las “cantinelas” de Atria”. El primer punto que expone Benítez es la pérdida de la autonomía e identidad de la universidad al recibir aportes del estado, ya que éste exigirá ciertas condiciones por este financiamiento, como por ejemplo los aranceles, la cantidad de matrículas que deberán tener las universidades y las nuevas carreras que puedan impartir en un futuro.

Andrés Benítez argumenta que si esto sucede la entidad perderá la identidad de universidad que tiene en sí, ya que no se desarrollará de manera que estime conveniente su directorio si no que tendrá que seguir cánones impuestos, lo que no generará una pluralidad y diferenciación entre las casas de estudio.

Sin duda sería un gran problema para el futuro del país que solo existieran un tipo de universidades donde los patrones de enseñanza estén sesgados por el estado, ya que estas impartirían carreras con enfoque exactamente igual y no existiría competencia ni diferencias entre ellas. Por otro lado es bueno que el estado ejerza como ente regulador en cupos de las carreras para que estas no se saturen y creen un exceso de profesionales que posteriormente se desempeñarán en otra área distinta a la que estudiaron, ya que el mercado laboral se encuentra saturado. También es importante que el estado regule la aparición de nuevas carreras ya que, como ha ocurrido anteriormente, hay alumnos ya titulados de carreras que no poseen un campo laboral real.

El segundo argumento expuesto es que el trasfondo de la reforma tiene un enfoque para las clases más bajas del país y esto no se logra con el “borrador” – como lo llama Benítez – al proyecto de educación superior, ya que solamente el 19% de los jóvenes del estrato social en cuestión estudia, en cambio beneficiaría a un sector más acomodado donde el 93% consigue ingresar a la educación superior.

En este punto hay variables que no se están tomando en cuenta, como el hecho de por qué solamente el 19% de la clase más vulnerable estudia. Este hecho se puede atribuir al alto precio que debe pagar una familia en Chile por tener un hijo en la universidad y lo difícil que es optar a las becas dadas por el gobierno, ya que la mayoría son por excelencia académica y las instituciones de básica o media donde acude a este estrato más bajo no necesariamente pueden extraer el máximo potencial de cada alumno o igualar las oportunidades que posee un alumno de otro estrato social.

Para lograr el famoso cliché de una educación gratuita y de calidad se debe partir de etapas inferiores a la universitaria, igualar las oportunidades para que la base de los alumnos sea igual en todo Chile y así segmentar los verdaderos y futuros talentos del país. Dando una base igualitaria se podría decidir mejor quién entra a la universidad y quien no, sin tomar en cuenta si el alumno se pueda pagar la carrera, si no que verá si el alumno merece entrar o no.

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Acerca Daniela Pérez

Daniela Pérez
Estudiante de periodismo, Universidad Adolfo Ibáñez. 20 años, Sagitario.