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Sigue Faltando Ejemplaridad

 Los dirigentes políticos se hacen los distraídos. Les resulta mucho más cómodo adoptar esa postura que impulsar cambios genuinos que implicarían el enorme esfuerzo de dar el ejemplo con actitudes cotidianas propias.

 En las últimas décadas la política contemporánea ha construido un perverso círculo vicioso plagado de inexplicables privilegios y absurdas prerrogativas. Esa aberración ha sido naturalizada por la mayoría que asume que quien llega al poder inexorablemente dispondrá de esos groseros beneficios.

 Abundan ejemplos en cada nivel jurisdiccional. Los caudillos utilizan, como una forma de explicitar su poder, cierta simbología que les ayuda a dejar en claro a sus “súbditos” que son liderados por personas superiores que ostentan atributos especiales con elocuentes ventajas respecto del resto.

 Están convencidos que ese método es el más eficiente para recordarles a todos los ciudadanos que existe entre ellos un mandamás que todo lo puede y al que deben respetar porque efectivamente está un escalón más arriba.

 La clase política sigue creyendo que la sociedad va a las urnas para elegir a su próximo tirano. Prefiere no comprender que la gente solo delega temporariamente en otros la vital misión de garantizar la plena vigencia de ciertos derechos esenciales que le pertenecen.

 En ese contexto, los dirigentes deberían entender cabalmente que la sociedad les reclama solo un poco de ejemplaridad frente a tanto desatino. En cada asunto, ellos podrían exhibir algo más de empatía con su entorno más cercano, pero parecieran impermeables a esta tímida posibilidad.

 No se puede hablar de crisis económicas con tanta displicencia, mientras se sigue disfrutando a diario, sin ningún disimulo, de un esquema totalmente obsceno en el que los funcionarios utilizan arbitrariamente los fondos públicos, para hacer política, cuando no para enriquecerse sin pudor alguno.

 No es una novedad que el Estado está sobredimensionado y que los gobernantes nunca se disponen a hacer los imprescindibles recortes. Siempre se justifican diciendo que todo es absolutamente necesario y que resulta imposible ahorrar frente a tantas demandas de la sociedad.

 Eso no es cierto. Ellos saben que pueden gastar mucho menos, ser más eficientes y responsables a la hora de asignar recursos. Lo que sucede es que operar en esa dirección es ganarse enemigos y cada organismo se ocupa entonces de no ser el próximo blanco de esos eventuales embates, amedrentando al poderoso de turno con amenazas permanentes.

 Los eternos beneficiarios del sistema tienen una inmensa gimnasia en esto de disuadir a los políticos y a la comunidad para que las potenciales reducciones propuestas no los impacten de modo alguno.

 Siempre recurren a argumentos emotivos para justificar sus imposturas y no están dispuestos jamás a asumir el evidente despilfarro que todas las áreas de Estado muestran habitualmente con escaso recato.

 Los voceros de cada estamento de los gobiernos dirán que hay que invertir en salud y en seguridad, en educación y justicia, en ciencia y tecnología y también en infraestructura. Dicho de otro modo, lo que proponen, sin escrúpulo alguno, es dejar todo en su lugar para que sus privilegios se perpetúen sin que los cuestionamientos puedan siquiera asomarse.

 Bajo ese paradigma solo se puede hacer un poco de maquillaje superficial y simular acciones intrascendentes para amortiguar los reclamos de los más ofuscados, esos que se quejarán durante algún tiempo, hasta que la resignación inevitablemente les gane por cansancio.

 Los sindicatos lo saben, los políticos también. Cada uno hace finalmente su juego defendiendo sus “conquistas”, esas que han obtenido a expensas de los ciudadanos que las financian. Todos intimidan para que el final de esta historia muestre que la inercia ha triunfado y todo pueda seguir igual.

 Parece difícil salir de este intríngulis, pero tal vez la política podría cooperar con ese indispensable primer paso, que consiste en dar el ejemplo,  liderando con acciones concretas que apuesten a demostrar que es posible dejar de lado sus prebendas personales. Desde ese lugar podrían obtener la  autoridad suficiente para embestir luego contra los cuantiosos nichos de corrupción corporativa enquistados en cada rincón de la maraña estatal.

 Obviamente que renunciando a los autos oficiales y los respectivos choferes, a una cuenta de celular pagada por los contribuyentes y los tramposos viáticos que incluyen almuerzos o cenas protocolares, por solo citar algunos ejemplos, no se resuelve el problema de fondo. Pero sería esa una señal inconfundible que permitiría empezar por el principio.

 Los gobernantes que se animen a emprender este recorrido podrían reclamar gestos similares y equivalentes en cada ámbito estatal para intentar derribar esta inmoral matriz que sostienen los indecentes abusadores seriales que pululan en la administración pública.

 Claro que eso requiere de algunas cualidades que no proliferan en la política de este tiempo. Se precisa de mucho coraje, de una integridad a prueba de todo y de una perseverante determinación que muestre que no se trata de una frágil simulación, sino una decisión irreversible que pretende trazar un largo camino que no tendrá retorno.

 La sociedad mientras tanto solo aporta su apatía crónica, su indiferencia absoluta y sus reacciones esporádicas que se agotan en sí mismas gracias a la inexorable ausencia de profundas convicciones. La gente termina siendo así una cómplice necesaria de esta eterna y gigantesca estafa institucional.

 Por ahora todo continúa por el sendero de siempre. Con matices, la dirigencia solo va mutando de estilos, con la trivialidad como bandera, esa que le permite evitar con dudosa elegancia la tarea de abordar lo trascendente. Lamentablemente sigue faltando ejemplaridad.

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Acerca Alberto Medina

Alberto Medina

Argentino. Periodista. Consultor en Comunicación. Analista Político. Presidente de la Fundación Club de la Libertad.

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